martes, 28 de mayo de 2013

UN GIRALUNA
Una vez, en un campo de girasoles nació un giraluna.
Los girasoles nacen uno al lado  del otro, son todos igualitos, adoran al sol y desde que amanece levantan la cabeza hacia el cielo para verlo salir. Y mientras el sol va corriendo por el cielo, van volviendo la cabeza para no dejar de verlo.
Cuando, por la tarde, el sol  se acuesta allá lejos, a los girasoles se les dobla la cabeza de tan cansados como están, de estar todo el día mirando y mirando. Y se duermen como plomos. El giraluna es algo muy diferente. Nace solo y siempre es una sorpresa. Hay muy poca gente en el mundo que haya  podido ver, o escuchar a un giraluna, porque él vive de noche y en secreto, cuando todo el mundo duerme.
Aquel giraluna nació una noche de verano, cuando la luna era sólo un rajita de plata. En cuando brotó de la tierra, se puso muy bajo: Luna, lunera cascabelera ojos azules la cara morena…
Y así una noche detrás de otra, mientras la luna se iba agrandando en el cielo, el giraluna seguía creciendo y cantando sin dejar de mirarla. Se podían pasar horas y horas inventando versos nuevos.
La noche en que por fin la luna apareció completamente redonda y resplandeciente subió por encima de los girasoles dormidos y, cuando ya estuvo muy alto, la flor se abrió en el aire. Es una flor hermosísima, blanca y brillante, que baila y se mueve igual que si volara, mientras todas sus hojas suenan lo mismo que flautas y cascabeles.
Antes de que amaneciera y llegara la luz de la mañana, el giraluna cerró su flor y empezó a  achicarse para que nadie lo viera.

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